
Cómo afectan la salud auditiva. Los daños que pueden causar el volumen elevado y el uso de auriculares.
La invasión sonora hace años que alcanza límites que, en muchas ocasiones superan lo saludablemente aceptable. La misma polémica que surgió en los años 80 con el auge de los walkmans y en los 90 con los discmans, hoy vuelve con la masificación del IPOD y el MP3, ¿es posible que estos aparatos provoquen la pérdida de la audición?, ¿en qué medida afectan a la salud?, vale la pena repasar algunos datos.
Cómo convencer a un adolescente de que apague su MP3 o deje de usar su IPOD, se preguntarán muchos padres. Tal vez no se trate de prohibir el uso de estos apartos, pero sí de limitarlo para evitar las posibles secuelas. Dichas secuelas en muchas ocasiones no son tan fáciles de detectar y se presentan con el tiempo. La realidad demuestra que son muchas las consultas de jóvenes que no pueden oír bien y que presentan síntomas típicos de las personas mayores.
La primera manifestación del daño auditivo es la aparición de un zumbido agudo y parejo que puede tardar horas y días en desaparecer.
Según afirma un informe de la Mutualidad Argentina de Hipoacúsicos el ruido produce un deterioro auditivo que depende del
La Organización Mundial de la Salud establece que por encima de los 85 decibeles los riesgos de daño auditivo son elevados. A mayor tiempo de exposición, mayor será el daño. De esta manera a medida que se aumenten los decibeles, se deberá reducir el tiempo de exposición al ruido. Por ejemplo, para 85 decibeles, el límite máximo de exposición es de ocho horas, pero cuando se aumentan 3 decibeles, el tiempo se reduce a la mitad.
Por supuesto también existe una mayor o menor predisposición a padecer problemas auditivos.
A los males ocasionados por los reproductores portátiles se suman los ruidos del ambiente, que son causados por el tránsito, los recitales, las discotecas, la música que sale de los negocios y otros establecimientos.
En muchos casos los jóvenes suben el volumen de los reproductores para superar el ruido ambiente y de esta manera el resultado es realmente ensordecedor.
Los MP3 e IPODS se comercializan con dos clases de auriculares, los abiertos, que se apoyan sobre el pabellón del oído, y los que van totalmente introducidos dentro del conducto auditivo (de inserción). Ambos presentan un riesgo de daño auditivo mayor que el que podría ocasionar escuchar música a través de parlantes, aunque el volumen de audición sea el mismo.
Por medio de los parlantes, el sonido viaja varios metros a través del aire hasta llegar a los oídos y va perdiendo energía mientras recorre ese camino (especialmente en las frecuencias agudas).
Con los auriculares el sonido llega al conducto auditivo sin ningún atenuante y si va introducido dentro del oído, el nivel de energía sonora en la membrana timpánica, será aún mayor.
A este daño se suma que en ocasiones son usados en la calle o en ambientes ruidosos, lo que provoca que se aumente el volumen para poder escuchar la música por sobre el ruido, alcanzando niveles sonoros altamente riesgosos.
Según un informa de la ASHA (American Speech-Language Association) el 13 % de los jóvenes y el 6 % de los adultos utiliza los reproductores personales con un volumen que podría ser considerado como “muy alto”. A su vez, el 11 % de los jóvenes y el 15 % de adultos los utilizan más de cuatro horas por día.
Aunque los reproductores deberían estar regulados para no causar daño, la realidad demuestra que esto no siempre ocurre. Algunos MP3 e IPOD pueden alcanzar un nivel de salida de 120 – 130 decibeles (salvo en algunos países que exigen, por ley, que la salida máxima no exceda los 105 decibeles). Cifra que supera ampliamente los límites de intensidad sonora permitidos por la OMS que son de 85 decibeles.
La mayoría de los reproductores incluyen una advertencia para el que los usa sobre el riesgo de pérdidda auditiva, sin embargo lo más adecuado resulta mantener el volumen a un nivel aceptable y moderar el tiempo de uso.
Los otorrinolaringólogos advierten que este tipo de daños se pueden observar desde hace alrededor de 15 años en la población joven, sin embargo, últimamente el uso de los reproductores se ha intensificado. El hecho de que los equipos actuales sean más cómodos, livianos y con menor requerimiento de energía que los antiguos walkmans o discmans hace que su uso sea más prolongado.
Con tanto ruido los jóvenes se están quedando casi sordos. La Universidad de Florida realizó un estudio para testear la audición en alumnos entre 13 y 17 años de edad. En el 17% se encontró algún tipo de pérdida auditiva y la mayoría de ellos presentó daño irreversible. Los investigadores manifestaron que esto está relacionado a la exposición a altos niveles de ruidos a tan temprana edad.
Existen signos de alerta para los usuarios como la aparición de zumbidos (acúfenos), la sensación de ensordecimiento que desaparece luego de un tiempo o la disminución temporaria de la audición. La presencia de estos síntomas luego del uso de estos equipos hace necesaria la consulta con un médico especialista.
El daño ocasionado puede ser temporal o definitivo.
Lamentablemente no existe un tratamiento para revertir estos daños. También puede ocurrir que el daño no sea advertido enseguida, porque lo que se daña con este tipo de sonidos es una frecuencia que no interfiere en las conversaciones si no en la frecuencia en la que se escuchan los timbres y los sonidos agudos. Este daño se advierte cuando, con el paso de los años, se presenta la presbiacusia (pérdida de audición por la edad) a la que se suma el daño anterior.
El sonido produce vibraciones de presión que se propagan en forma de ondas sonoras por el aire y que son percibidas por el oído. La oreja recoge dichas ondas sonoras y las conduce a través del conducto auditivo externo, después las recibe el tímpano, que vibra ante los cambios de presión y transmite estas vibraciones a una cadena de huesecillos (martillo, yunque, reticular y estribo) que las amplifican unas veinte veces. La cóclea, con forma de caracol, traduce las vibraciones en impulsos eléctricos y éstos son conducidos hacia el cerebro. A través de la trompa de eustaquio, el oído se comunica con la nariz.



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